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lunes, 06 febrero 2006
NOEMÍ
A los cuatro años comencé a ir al colegio. Por un problema de falta de plazas en la escuela pública me mandaron a un colegio de monjas, en el que solo éramos cinco niños. Al contrario de lo que pudiera pensarse, fui bastante contento, porque al fin y al cabo allí estaban también mis dos hermanas. Las escuelas masculinas del momento fomentaban la idea tradicional de lo masculino, la fuerza, la resistencia, la contención de las emociones, etc. Sin embargo en aquel colegio femenino, los cuatro niños que correteábamos entre cientos de niñas, profesoras y monjas nos convertimos en el juguete preferido. Así aprendí bastante pronto lo importante y reconfortante que era, el contacto femenino. Ellas, eran más afectivas, me trataban de lujo, me entendían mejor y no me obligaban a pelearme constantemente. Las niñas de 4º de EGB, clase a la que iba mi hermana menor, me disputaban pues era su juguete. Se pasaban el día dándome besos y achuchones.
En aquel colegio estaba la primera mujer no familiar a la que quise, casi con devoción, mi maestra Noemí. Aún hoy, la recuerdo como una mujer extremadamente bella, por dentro y por fuera. Además, como nunca más volví a verla, su imagen se conserva en mi mente intacta. Con sus cuellos de cisne blanco y sus discretas faldas negras bordeando las rodillas. Sí,…, creo que fue ella quien me despertó la conciencia sexual, la primera mujer a la que miré con cierto deseo. El deseo de un niño de cuatro años que se acerca a una adulta, que nota que a su lado se siente feliz, seguro y confortado, ante una mirada de cariño de aquellos ojos negros y cristalinos o ante el perfume a lavanda de aquel pelo azabache. Cuando llegábamos a clase, nos daba un beso a todos, y si nos veía tristes o cabizbajos, nos hacía reir con alguna gracia o se ponía a cantar canciones infantiles que se han quedado para siempre en el poso de mi memoria. Cuando al terminar la jornada nos marchábamos a casa, nos ponía en fila india, y a todos nos daba dos besos y un abrazo ”super-reconfortante”.
Ese año por Navidades el colegio decidió hacer una representación de la Natividad, y lógicamente hubo que elegir pastorcillos y un niño Jesús. La suerte, siempre fiel compañera, quiso que sobre mi cayera la “gran responsabilidad” de hacer de niño Jesús. No puedo olvidar el momento previo de la representación, a Noemí despojándome de toda la ropa (¡oh Dios que vergüenza!) para colocarme unos pañales bastante ridículos con los que hube de aparecer en escena., o el día que me nombro “Guardián de las Blancas Paredes” para que nadie escribiera en ellas y ¡a fe que cumplí con la misión…! (curiosamente se acabaron los dibujos furtivos).
Noemí también me abrió la puerta al mundo, pues me enseñó a leer con aquellos cuadernos en los que las vocales se iban combinando con las consonantes, de forma casi mágica, para dar nombres a todos aquellos dibujos de cosas, personas y animales.
- E-le-fan-te.-
¡Lo recuerdo como algo tan divertido…!
Noemí supo llevarme a la lectura y a la ternura de una forma que nunca en la vida podré agradecerle lo suficiente. Aquel año con Noemí y con todas aquellas niñas fui realmente feliz.
Al año siguiente la política de separación de sexos y de nuevo la saturación de la escuela pública dio conmigo en un colegio religioso masculino, rodeado de niños, profesores y curas. Pero de eso, prefiero no acordarme.
Ahora treinta años después, me gustaría poder agradecer a esta mujer todo lo que hizo por mí, su cariño, y el haber contribuido sobre todo y durante ese corto periodo de tiempo, a la felicidad de aquel niño que fui. Pero no se casi nada de ella, solo que se retiró antes de tiempo porque sufría terribles depresiones que acabaron por minar su voluntad para seguir enseñando. Noemí, ¡muchísimas gracias!, aunque sea treinta años tarde.
20:15 Anotado en LAS AGUAS DEL RIO | Permalink | Comentarios (2) | Trackbacks (0) | Enviar a Email | Tags: Relato, Profesora, Noemí
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Comentarios
¡Qué efecto tan extraño tienen los escritos y los comentarios!
La gente se trabaja hacerlos y tener comentarios viene casi siempre de rebote, me imagino, y tú, con los que tienes ¿cómo puede ser que éste pasara desapercibido a todos tus “comentaristas”?
Me pasa contigo que me despiertas momentos tan parecidos o ¿seré yo que los siento cercanos? . A veces desde la misma orilla, otras desde el otro lado, pero casi siempre me emociona leerte y eso me gusta, me hace sentir bien, extremadamente sensible...
Cuando leí este post tuyo pensé mil cosas, me aproximaste a mis mundos de maneras distintas. Una, la de mi infancia y te imaginé en el colegio, “acolchado” feliz. con esas mujeres que tan bien describes. Cuando iba al colegio de monjas también hubo algunos niños; pocos, pero recuerdo con cierta envidia cómo les trataban... Otra la de mi propia profesión que vivo y he vivido siempre con auténtica vocación. Me encantaría que un día alguien escribiera algo así para mí. ¿Egoísmo, orgullo? ¡No sé exactamente qué! ¡No sabes cómo te agradezco que Noemí fluyera de tu pensamiento!
Lucha constante esa que cuentas cuando te despiertas “con algo en la cabeza que pide libertad”. Qué visual, qué bonito imaginar el concepto, con palabras que tienen vida... ¡vida de verdad!
Anotado por: clarissa | sábado, 22 abril 2006
Yo quiero que me recuerden así, aunque sea treinta años más tarde, aunque no me lo agradezcan o aunque lo hagan y yo no me entere.
Oins...
Un besito.
Anotado por: Adise | viernes, 30 noviembre 2007










